sábado, 20 de junio de 2015

“El que es de Cristo es una criatura nueva”

Nicolás López Rodríguez

CARDENAL NICOLÁS DE JESÚS LÓPEZ RODRÍGUEZ.
(Domingo XII del Tiempo


a) Del libro de Job 38, 1.8-11.

Este libro está considerado entre los Sapienciales, que son cinco libros: Proverbios, Job, Eclesiastés (Qohelet), Eclesiástico (Ben Sirá) y Sabiduría.

En todos estos libros encontramos las más bellas enseñanzas dictadas por el Señor.

En cuanto al libro de Job, el autor extrema el caso, hace sufrir  a su protagonista inocente para que su grito brote desde  lo hondo.

Para los lectores de hoy, el misterio del sufrimiento del inocente es una realidad provocativa que no puede dejarnos indiferentes. Por eso, debemos  leer este libro con sumo interés y cautela porque ese fue el centro del debate entre Job y sus amigos.

El sufrimiento es un misterio y nosotros no podemos comprender los caminos de Dios.
El Job desesperado en su terrible dolor, habla por la humanidad que pide a Dios razón del sufrimiento.

En lugar de recibir una respuesta a su pregunta, por qué de esta realidad terrible del dolor, es llevado a contemplar el universo y sus inabarcables maravillas. El mar impetuoso lo invita a mirarlo con ternura.

Nosotros mismos, cuando sufrimos algo, también queremos pedirle a Dios explicaciones, por qué debo yo sufrir esta prueba o aguantar esta situación de dolor. Job intuye que en el universo entero hay huellas del amor de alguien y de sabiduría infinita Se encuentra con Dios y entonces sus preguntas ya no piden respuesta.

b) De la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 14-17.
Para el Apóstol, el cristianismo es una mística de la novedad. Tiene una alergia a lo “viejo”, no a lo “antiguo”. Esto es lo que merece la pena y es asumido en la novedad presente.

San Pablo sigue defendiendo su ministerio frente a ataques y reticencias. Se puede leer entre líneas lo que sus enemigos le achacaban, ser un visionario y un exaltado.

¿Pretendían socabar por ahí su autoridad como Apóstol? Él se defiende con el respeto debido al Señor, “consciente del respeto que le debemos al Señor, procuramos convencer a los hombres”. De ahí la sinceridad y la franqueza con que siempre ha procedido en su ministerio. Espera que los corintios reconozcan también esta transparencia de su actuar.

Por lo demás Pablo en todo procede con respeto a Dios y amor a Cristo, un amor que corresponde al amor sacrificado del Señor.

Vivir para Cristo es vivir sin egoísmo el amor a los hermanos y hermanas. Para el apóstol esto es amar y comprender a Cristo, superando criterios puramente humanos.
c) Del evangelio según San Marcos 4, 35-40.

La tradición ha visto siempre en la barca el símbolo de la Iglesia.

San Marcos señala que el Señor, después de una intensa jornada, dice a sus discípulos, “vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, dice el evangelista, “se lo llevaron en barca como estaba; otras barcas lo acompañaban”.

 ¿Qué pasó en ese momento? “Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua, Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón”.

Siguiendo la línea universal del anuncio, Jesús se dirige a tierra de paganos.  En la tradición de los judíos el mar era símbolo del mal.

El viento huracanado es obra de los espíritus del mal para impedir que el reino de Dios llegue a los pueblos paganos. Por un momento logran resquebrajar la fe de los discípulos. 

Como si estuviera espulsando un demonio Jesús ordena la calma del mar y del viento. Luego desenmascara la falta de fe de los discípulos, evidenciando lo mucho que les falta por aprender, “¿Maestro, no te importa que naufraguemos?

“Él se levantó, increpó al viento y ordenó al lago: ¡Calla, enmudece!”.

El viento cesó y sobrevino una gran calma. Y les dijo: ¿Por qué son tan cobardes? ¿Aun no tienen fe?

Llenos de temor, se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?

Este es Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías esperado por tantas generaciones. Con su palabra demuestra que está por encima de los elementos de la naturaleza y conforta nuestra fe.

Gracias, Señor, por tanto amor y delicadeza con toda la humanidad.




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