sábado, 28 de febrero de 2015

Mi vida entre dos monstruos: rumbo a Moscú

Por Luis Amílkar Gómez

En una sola semana había vivido más emociones que en todo el resto de mi existencia.
Plaza Roja - Moscow
Era la primera vez que me montaba en un avión y estaba invadido por la agitación que produce el subirse a uno de esos aparatos por primera vez en la vida.
Por la ventanilla, miraba mi tierra y pensaba en tantas gentes queridas, tantos lugares entrañables y me preguntaba si volvería a verlos, ya que seis años era bastante tiempo.
 El avión despegó y me aferré al asiento con todas mis fuerzas, como si con eso fuera a evitar algo. Al llegar a cierta altura, la nave se estabilizó y fue cuando me acordé de mis compañeros de viajes.
La señal como me dijo Juan Persia, era levantar la mano izquierda para ubicarnos y saber cuántos éramos.
 El problema era que ninguno quería ser el primero, ya que hasta en el aire, temíamos a las fuerzas represivas balaguerístas.
Aguantar los dolores de un parto, es una de las razones por las que siempre he creído, que la mujer es más fuerte y atrevida que el hombre. Por eso, no me sorprendió cuando una muchacha fue la primera en levantar su mano.
 Estaba apenas dos asientos delante de mí. Luego vi una mano un poquito más atrás y casi en la cola del avión, observé que un joven mostraba su mano izquierda.
 Pasaron varios segundos y nadie más imitó la acción. Entonces, me decidí y alcé mi mano por lo que ya sabíamos que viajábamos cuatro personas.
 Al aterrizar el avión en el aeropuerto de Curazao, nos abrazábamos unos a otros, como si hubiéramos estado en una prisión por largo tiempo y celebráramos la libertad.
 Luego de las presentaciones, comenzamos a hablar un poco de cada uno.
 María Socorro, la única mujer en el periplo, era de la Capital y vivía en la prolongación de la avenida Independencia. Sumamente inteligente y alegre.
 Manuel Mata (Manolo), residía en el ensanche La Fe de la Capital. Era empleado de la Sociedad Industrial Dominicana (Manicera) y emprendió el viaje sin informarlo a su familia y mucho menos a sus empleadores.
 Rafael Arturo Socías , era de Dajabón y era el entretenedor del grupo con sus ocurrencias y excentricidades.
 El ingeniero Socías, es hoy el encargado de Obras Públicas en la Línea Noroeste y, según me dijeron, fue gobernador de la provincia de Dajabón por un tiempo.
 Cada uno de ellos aparecerán nueva vez en mis relatos, porque esos compañeros que emprendían ese viaje juntos, se convertían en parte de una familia.
 Además, la tragedia iba afectar nuestras vidas de una manera definitiva durante los años de estudios.
 No teníamos mucho dinero y teníamos que pasar esa noche en Curazao, pero la aerolínea no nos pagaba el hotel, porque nuestro próximo vuelo era temprano al siguiente día.
 Arturo tenía una prima, casada con un holandés, a la que llamó y nos invitó a todos a pasar el resto del día y la noche en su residencia.
 Esa misma tarde, el holandés muy amablemente nos condujo hacia Willemstad, la capital de Curazao, ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, debido a sus edificaciones históricas.
 Asimismo, nos llevó a un lugar conocido como Zona Rosa, el cual era un poco apartado de la ciudad, formado por dos hileras de casas y cuyos frentes eran ocupados por jóvenes de diferentes países, dedicadas al oficio más antiguo de la humanidad.
 Tristemente, la mayoría de esas muchachas provenían de la República Dominicana.
 Irremediablemente, eso trajo a mis recuerdos el bar "Mi Cariño", donde venían muchachas de diferentes pueblos del país y donde tantos jóvenes de mi pueblo se "iniciaron".
 Esa noche nos despidieron con un sancocho dominicano y al otro dia volamos en un avión de VIASA hacia Caracas, Venezuela.
 En la capital venezolana solo estuvimos un par de horas, luego abordamos una nave de IBERIA hacia Madrid, España.
 En el gigantesco aeropuerto de Barajas, permanecimos por varias horas y luego volamos hacia Amsterdan, Holanda.
 En nuestro itinerario, cuidadosamente diseñado por el señor Persia y el gobierno soviético, se incluía viajar en autobús de Amsterdan a La Haya, donde permaneceríamos por seis días en un hotel en espera de la visa correspondiente.
 En la capital de Holanda vi por primera vez lo que era una ciudad organizada y civilizada. La Haya es limpia, con corredores para bicicletas en todas las avenidas y el tránsito vehicular era dirigido por niños en las principales intersecciones de la urbe.
 Los vegetales y frutas estaban ordenados impecablemente en el frente de las tiendas y, se me ocurrió compararlos, con la forma en que los colocaban en el mercado público de mi pueblo y comencé a entender el por qué nos llamaban subdesarrollados.
 Teníamos reservaciones con cuenta abierta en el hotel Bel Air, uno de los más lujosos de la ciudad, por lo que nuestra llegada allí hacía un contraste con los demás huéspedes del negocio.
Ellos, blancos, rubios y con caras de haber comido con grasa toda su vida. Nosotros, "indios" oscuros, mulatos y con caras de haber sufrido miserias intermitentes.
 La primera noche no comimos bien, a pesar de que podíamos ordenar lo que quisiéramos, pero el menú estaba en dos idiomas que ninguno entendíamos: holandés y francés.
 Al siguiente día en la mañana, era nuestra cita en el consulado soviético. Pedimos a la persona a cargo del "front desk" que nos pidiera un taxi.
 Al poco rato, un carro Mercedes nuevecito se detuvo en frente del hotel y nos dicen que ese era nuestro vehículo. No lo podía creer que el taxi fuera un carro tan caro, ya que el único Mercedes que yo había visto en mi vida, era el del legendario ganadero Juanito El Búcaro.
 Cuenta la leyenda de mi época, que este personaje tenía tal ganadería, que en un tiempo de sequía se le "aplastaron" más de 300 vacas del mismo color.
El taxi recorrió casi media ciudad hasta que llegamos al consulado soviético y nos pareció que estaba lejísimo.
 Hicimos todo el papeleo y decidimos caminar por la ciudad y a poca distancia nos detuvimos en un bello parque repleto de palomas.
 De pronto, María Socorro nos asegura que el edificio que estaba cerca del parque se parecía al lugar donde estábamos hospedados. Nos encaminamos hacia allí y, efectivamente, ese era nuestro hotel.
Estaba apenas a un par de cuadras del consulado.
 El taxísta nos había timado. Los rusos sabían por qué escogieron ese hotel.
 Al cuarto día en el Bel Air, nos informaron que teníamos que tomar un vuelo de Luftansa esa tarde para Frankfort, Alemania.
 En esa moderna ciudad alemana, solo tuvimos el tiempo necesario para abordar el próximo vuelo, de la aerolínea soviética Aeroflot, rumbo a Moscú.
 Como diría James Bond: a Rusia con amor.
 Continuará...


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