lunes, 19 de enero de 2015

El Turismo y el Ambiente Costero-Marino

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Bien manejado, el turismo podría inclusive ser un gran aliado de la conservación, dice Juan Lladó.
Fuentes Domingo Abreu Collado y DIARIO LIBRE DIGITAL‏Santo Domingo, R.D. Para la eminente bióloga marina Idelisa Bonelly, "hemos vivido sin tener en cuenta el mar". Talvez por eso no se ha puesto tanta atención a los impactos costero-marinos que produce el turismo.

Sin embargo, una ponderación de los reportes informales sobre el tema lleva a la conclusión de que el turismo no ha diezmado mucho la vitalidad de esos ambientes. Si se ponen en la balanza, los impactos negativos resultan menores que los atribuibles a otros sectores económicos y a la desidia oficial.
Los más sonados casos de los daños reportados sobre los ecosistemas costero-marinos tienen que ver con los manglares, los corales y la contaminación de algunas playas.
Algunas de las consecuencias indirectas de la actividad turística también se han manifestado negativamente en contra de algunas especies de otros animales y plantas marinas.
En lo relativo a su localización, los ambientes más afectados incluyen al Parque Nacional del Este, Bávaro-Punta Cana y Juan Dolio-Boca Chica. En el interior del país los impactos ambientales han sido insignificantes o nulos.

Los manglares figuran entre las principales víctimas del desarrollo turístico a nivel mundial. En México, por ejemplo, se reporta que se han reducido en más de un 70 %. En nuestro país, la principal embestida se dio hace ya décadas en ocasión de la construcción de los primeros hoteles de la costa este.

En esa zona se malograron algunas áreas al fragmentarse la continuidad del manglar (de 17 kilómetros) para hacer caminos y construcciones. De mucho menor envergadura han sido los daños a los manglares del Parque Nacional del Este y de los alrededores de Montecristi, viéndose estos afectados por el intenso tráfico de botes en sus alrededores.

A los 293 kms2 de manglares del país hay que cuidarlos como a un bebé, dada la importancia cimera de estos ecosistemas para la cría de muchas especies marinas y para la protección de las costas.

Afortunadamente, hace ya varios años que no se tiene conocimiento de nuevos daños. Los estudios de impacto ambiental que deben someter al Ministerio de Medio Ambiente los promotores de proyectos turísticos y las diligencias de los funcionarios han surtido efecto.
Aunque todavía no se conoce de ningún proyecto de regeneración de manglares -como se han dado en México--, hoy día se alberga mayor temor de los daños que les pueden ocasionar y ocasionan otras actividades económicas. 

Por su parte, los daños provocados por la actividad turística en los bancos de coral de algunas áreas no han sido muchos. Es cierto que el buceo y el snorkeling han causado daños de consideración en La Caleta, las inmediaciones de la isla Catalina y algunos puntos de la costa de Bávaro-Punta Cana. (En Catalina hubo daños causados por los cruceros que visitan su costa y los botes que llevan turistas a Saona también los han causado).

 Pero ocurre que la respuesta del sector privado ha sido la más diligente de respuesta a los daños ambientales.
El esfuerzo pionero se ha dado en Bayahibe, por ejemplo, donde los hoteleros sembraron bolas arrecifales para regenerar los corales. Eso ha sucedido también en Punta Cana y otros puntos del litoral del país, gracias a los proyectos de la ONG internacional Reef Check.

Respecto a la contaminación de las aguas del litoral marino, la situación es claraoscura. Mientras los mapas del Ministerio de Medio Ambiente identifican claramente los lugares costeros donde existe mucha contaminación, cualquier observador comprobará fácilmente que, en la mayoría de los casos, no es producto de la actividad turística.

Son las industrias y las actividades de la misma población las que contaminan los ríos, amén de que las malsanas prácticas de algunos municipios de disponer de su basura en la costa contribuyen al fenómeno. 

Es cierto, sin embargo, que los polos turísticos no cuentan con suficientes plantas de tratamiento de aguas residuales. También, que la disposición de residuos sólidos es marcadamente deficiente en algunos y que sus sistemas de alcantarillado no tienen la cobertura y calidad requeridas (principalmente en Bávaro-Punta Cana).

A pesar de que un proyecto financiado por el Banco Mundial mejoró esta situación en Sosúa y Cabarete, la agenda de lo pendiente está todavía muy apretada.
Pero si bien debe preocupar que las aguas del subsuelo de Verón estén muy contaminadas por esas razones, no menos cierto es que el efecto sobre el ambiente costero-marino del área es insignificante.
Mueve a mayor preocupación que el acuífero regional este agotándose y que ya registre unos niveles alarmantes de intrusión marina.

Un área donde reina la confusión tiene que ver con los supuestos impactos del turismo sobre otros animales y plantas marinas. En primer lugar, al turismo no puede culpársele de que no tengamos aguas territoriales que contengan grandes recursos pesqueros y que, por ende, la sobrepesca haya mermado muchas especies de peces y mariscos.

De hecho, el grueso del consumo turístico de pescados y mariscos es importado de países asiáticos. Si el lambí, el pez loro y los manatíes acusan una peligrosa escasez no es culpa del turismo, en vista de que la población y los mismos pescadores son los mayores consumidores. El incumplimiento de las regulaciones al respecto es lo que debería criticarse.

El caso de las tortugas marinas es similar. No son los turistas ni los proyectos turísticos los que han mermado la afluencia de tortugas a nuestras costas para desovar. Ha sido el consumo de los huevos por parte de la población y la caza de estos animales, principalmente del carey, para usar su concha en artesanías vendibles.

Una regulación bien aplicada que tome en cuenta el valor de estos animales como atractivo recreativo para los turistas contribuiría a incrementar su presencia en nuestras costas.

Debe admitirse, sin embargo, que el espectáculo de la fosforecencia nocturna que se apreciaba en las cercanías de la playa Palmilla en el Parque del Este ha desaparecido. El intenso tráfico de botes turísticos ha sido la causa.

Por esa razón y por la basura también ya son escasos los delfines que se pasean por las aguas contiguas a Bayahíbe e Isla Catalina.
Por otro lado, se reporta que los cuatro delfinarios existentes en Bávaro-Punta Cana someten a sus animales a un estrés exagerado.
Por suerte, estos son impactos negativos minúsculos comparados con las prácticas de caza de ballenas y la masacre de los delfines que hacen los pescadores japoneses anualmente.

De los cruceros que arriban al país no se puede alegar que descargan sus líquidos en nuestras aguas. Aunque lavan sus tanques periódicamente y deben deshacerse de aceites quemados y aguas residuales, las prácticas actuales de las líneas de cruceros impiden que sean multadas, como algunas fueron en el pasado, por ensuciar las aguas de sus puertos de atraque. Las líneas usan empresas locales que descargan sus tanques y disponen del líquido en tierra firme.

Otros impactos indeseables del turismo podrían corregirse con una mayor atención de las autoridades. Por ejemplo, si bien el canto de las ballenas jorobadas que visitan la Bahía de Samaná en invierno alegadamente se ha acortado por efecto de los ruidos de los motores de los cruceros, habría que instalar medidas de mitigación. (Igualmente, con el acoso de esos animales de parte de las embarcaciones que propician su avistamiento turístico.) Lo mismo podría decirse de la jardinería de los hoteles de playa que no incluye plantas costero-marinas.

FUNDEMAR, la ONG de la Profesora Bonelly, elaboró un manual de cómo hacer la hotelería compatible con el turismo sostenible y lo que hace falta es que las autoridades cumplan su papel de estimuladores.

Debe hacerse hincapié, entonces, en que los impactos descritos son de tal magnitud que no permiten satanizar a la industria turística. El ominoso dictamen de la profesora Bonelly de que "tenemos un desierto marino en nuestras costas", no puede verse como una consecuencia del turismo.

Ella está consciente de que, bien manejado, el turismo podría inclusive ser un gran aliado de la conservación. Pero es al Ministerio de Turismo al que más le compete aunar esfuerzos con el Viceministerio de Recursos Costero Marinos del Ministerio de Medio Ambiente para enfrentar los desafíos, regulando adecuadamente el uso de las costas y haciendo cumplir esas regulaciones.
Por donde deben comenzar es por la puesta en ejecución del "Plan de Gestión y Monitoreo Turístico del Parque Nacional del Este", el primero de su clase, que elaboró recientemente la valiosa ONG estadounidense The Nature Conservancy. 

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